Heredera de una cultura milenaria, con cerca de 1200 millones de habitantes que hablan más de cien lenguas distintas, La India siempre representó para Occidente un horizonte mítico, acaso posible de alcanzar, pero no de dominar. Tanta fue la obsesión occidental por hacerse con ese “lejano” Oriente, que terminó por imponerle su nombre actual. Para los oriundos, el nombre del país es Bharát, en memoria de un rey legendario de proverbial sabiduría. Sin embargo, desde los tiempos de Alejandro Magno, avanzadilla de las ansias expansivas de Occidente en el siglo IV a.C., se impuso el nombre de India. Esta denominación, proveniente de la palabra síndhu, que en sánscrito significa “tío”, respondía en definitiva a una realidad incuestionable: como Egipto había brotado del limo del río Nilo o Mesopotamia de las aguas del ríos Tigris y el Eúfrates, La India había emergido del legendario río Indo.

En 1947, después de casi más de 30 años de lucha pacífica contra el dominio colonial británico, Mathatma Gandhi conseguía la independencia de la India, pero al alto precio de ver su inmenso territorio desgarrado por la creación de Pakistán, el nuevo hogar de los indios musulmanes.

India se convirtió en el líder del imparable proceso de descolonización de Asia y África. Aunque se había liberado de las ataduras coloniales, los enormes retos que debían afrontar sus líderes, Gandhi y Nehru –primer ministro indio desde 1947 hasta 1964-, eran inmensos. En estas condiciones era inevitable que la India y Pakistán, tempranamente enfrascados en una sangrienta guerra de fronteras, se convertirán en objetivo informativo de primer grado para grandes reporteros gráficos del momento, como Margaret Bourke-White o Henri Cartier Bresson.

Con el paso de los años, el atractivo político de la India fue sustituido por el influjo de su secular cultura y su misticismo. En los años 60, las desgracias naturales compartieron foco con las imágenes que ilustraban las extremas diferencias sociales establecidas por un incomprensible sistema de castas y las particularidades religiosas de los hindúes, que parecían, a los ojos de los occidentales, el progreso de la nueva India. En la misma década, los hippies descubrieron en el misticismo hindú la puerta a los paraísos perdidos de la simplicidad y la disolución del alma con el cosmos. Tan fuerte era –y aún es- esta seducción, que ir a la India se ha convertido en un viaje iniciático, purificador del consumismo occidental y revelador de valores eternos.

Cuando los británicos se adueñaron del subcontinente en el siglo XIX, tras derrotar a los mogoles, trajeron al país los signos de la modernidad: desde el tren y el telar mecánico, hasta la ametralladora de cinta y el rifle de repetición. Y de su mano llegó también a la India la fotografía. Fue en 1840, poco tiempo después de su invención. Dan testimonio de ello los daguerrotipos hechos en Calcuta, entonces la capital de la India, ciudad donde florecieron inicialmente los estudios de retrato. Dada la importancia que la India revestía como colonia para la Corona, no tardaron en surgir también fábricas de productos fotográficos que sin embargo desaparecerían tras la Independencia. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX llegaron a abrirse más de 70 estudios de fotografía en Bombay (en la actualidad Munbai), y más de una cuarentena en Calcuta. Se dedicaban principalmente al retrato, sobre todo de oficiales del ejército colonial y de miembros de la nobleza local.

Pronto la fotografía no fue asumida únicamente como negocio por los propios indios, sino también como arte. Este fue el caso de Uday Ramjee, Ahmed Ali Khan, Raya Ishwar Chandra Sing, Rajendra Lal Mitra, Kumar Tagore y, por encima de todos, de Raja Deen Dayal. El primer fotógrafo indio reconocido internacionalmente fue Shapoor N. Bhedwar, quien obtuvo una medalla de oro en un certamen mundial celebrado en Londres en 1981. Su Graciosa Majestad no tardó en nombrarlo uno de los fotógrafos oficiales de la Corona. Sin embargo, el considerado como padre de la fotografía india es Jehangi Unwalla, quien en los años 30 del siglo pasado introdujo el Pictorialismo y sustrajo a la cámara de la servidumbre del retrato. Tras la independencia, la fotografía su desarrollo en los campos de la publicidad, la moda y el preiodismo.

La figura de Gandhi y el proceso de emancipación de la India ejercieron un gran poder de atracción sobre la fotorreportera estadounidense Margaret Bourke-White. En marzo de 1946, la revista Life le envió a entrevistar a Gandhi. El líder pacifista había estado insistiendo en sus últimas campañas en que la independencia debía implicar también una nueva forma de vida: con la tradicional rueca bastaba para hilar, cubrirse y ser feliz. El día del encuentro entre ambos, el Mahatma había hecho un voto de silencia y la entrevista fue realizada sin palabras. Bourke-White únicamente obtuvo autorización para disparar tres veces. La tercera foto que tomó, la que concedía mayor espacio del encuadre a la rueca –aunque la luz otorga el protagonismo al líder de la no-violencia- dio varias vueltas al mundo y preside la portada de este libro. Poco más de un año después de tomarla, el máximo representante de la no-violencia moría asesinado a manos de un fanático. Bourke-White cubrió también el funeral de Gandhi, y anteriormente las luchas de liberación del país.

El francés Édouard Boubat, a quien el poeta Jacques Prévert bautizó como “corresponsal de la paz”, visitó la India para registrar su vida cotidiana. Influenciado por el budismo zen, supo dar testimonio de la miseria sin perder la plasticidad y la poesía que le caracterizaba. Según sus palabras, en la India trabajó “como si cada momento fuese impredecible”. Tanto, al menos, como la condición humana, que siempre ha sido el tema central de su producción.

Pese a dedicarse también al reportaje de moda para la revista Vogue, la suiza Sabine Weiss está asociada, sin duda, a la fotografía humanista de los años 60. En la India descubrió dos hechos fundamentales: en sus palabras, “la importancia de la luz como fuente natural de emoción y la sonrisa de los niños”. Por su parte, el francés Xavier Zimbardo encontró en la India aspectos inesperados de lo que siempre ha centrado su interés: la muerte como momento renovador de la vida. Por la poesía que expresan, sus imágenes mortuorias se vuelven metáforas vitales, cuyo mejor exponente son, acaso, los coloridos vibrantes captados en los festivales religiosos de la India.

 

Una madre con su hijo en brazos contempla el mar en Chemmai, Estado de Tamil Nadu – Édouard Boubat, 1971

 

Mahhatma Gandhi – Margaret Bourke-White, 1946

 

Regimiento a camello – Margaret Bourke-White, 1946

 

Refugiados – Margaret Bourke-White, 1947

 

Desplazamiento de sijs – Margaret Bourke-White, 1947

 

Familia de refugiados sijs – Margaret Bourke-White, 1947

 

Muerte – Margaret Bourke-White, 1946

 

La familia hindú – Édouard Boubat, 1962

 

Mithila – Édouard Boubat, 1973

 

Convicciones personales – Sabine Weiss

 

Bebiendo – Sabine Weiss

 

El juego del aro – Sabine Weiss, 1986

 

El camino más corto – Édouard Boubat, 1964

 

Chennai – Édouard Boubat, 1971

 

Santón – Sabine Weiss

 

Familia hindú, Pune, Maharashtra – Édouard Boubat, 1971

 

Celebracion del Holi – Xavier Zimbardo

 

Mujeres durante el Holi – Xavier Zimbardo, 1993

 

Chapuzón en el Ganges, Benarés – Xavier Zimbardo

 

Sabine Weiss

(1924)

Nació en Suiza, aprendió fotografía junto al fotógrafo de estudio Fréderic Boissonanas, en Ginebra. A partir de 1946 se instaló en París. Sorprendió por su manejo de la cámara y la composición en las célebres fotos que tomó, junto con Gisèle Freund, en el despacho-taller de Andrè Breton, el fundador del Surrealismo. En 1950 se integró en la agencia Rapho, de la que también formaban parte Édouard Boubat, Willy Ronis y Robert Doisneau, y en la que todavía continúa. Su obra deja un testimonio conmovedor de la vida. Entre los muchos temas que ha abordado, destacan el de las religiones en el mundo, el retrato de destacados artistas –especialmente músicos- y la infancia, con particular atención a los niños de condición humilde. En 1999 recibió el título de Oficial de las Artes y de las Letras de Francia.

 

Xavier Zimbardo

(1955)

Nacido en Francia, aprendió fotografía en un club de Sarcelles, barriada del extrarradio parisino. Ejerciendo la docencia, se financió los estudios de historia y geografía, aunque en 1989 abandonó todo para consagrarse a la fotografía. Recibió el Prix Air France para jóvenes fotógrafos. Pronto, sus series se tradujeron en numerosas muestras y libros que ganaron prestigio internacional, como Des Coquelicots pour Caroline, Les Belles Disparues, Femina et Umbra, La Rétine en Révolte y Les Moines de Poussiére, entre otros. En 2001 realizó sus primeros trabajos en vídeo, entre los cuales sobresalen Les Bambous y La Salamandre. En diversas capitales de Europa y de Estados Unidos fue expuesta su serie sobre la India, bajo el título de Holy Song. En 2006 creó el PhotSoc (Festival Internacional de la Fotografía Social).

 

Maestros de la Fotografía es una obra original de Estudi Cases, Buenos Aires (Argentina) ©2008 Estudi Cases. Todos los derechos reservados. ISBN 978-84-9899-099-7 (obra completa); 978-84-9899-120-8 (de este libro). Depósito legal TO-0023-2009. Impreso en la UE. Idea original Joan Ricart Coordinación Mar Valls. Redacción Vicente Ponce, Joan Soriano. Diseño Susana Ribot. Maquetación Clara Mirones.